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Pinchazos que curan: terapias con abejas

Acupuntura con abejas para ganar movilidad

No es el producto más conocido de las abejas, pero ya era muy valorado entre los pueblos más antiguos de la historia. Egipcios y romanos, entre otros, utilizaban el veneno de abeja para tratar sus dolencias, ya que era el remedio más eficaz para el reuma.

Ahora, en el siglo XXI, la apitoxina sigue siendo un gran aliado contra las enfermedades relacionadas con la inflamación y el sistema inmunológico. Pedro Pérez es uno de los pocos apiterapeutas que hay en todo el mundo.

Lleva 35 años dedicándose a las abejas y comparte todos los secretos de la apiterapia en su web curandote.com. Ya conocía la acupuntura y se dedicaba a dar masajes y terapias alternativas cuando comenzó a interesarse por las abejas gracias a su maestro Antonio de Pedro. “Me enseñó que el veneno curaba la ciática y el lumbago. No hice mucho caso porque no sabía que era tan eficaz, pero un día me dio un dolor, me puse una abeja y se me quitó. Empecé a probar con mi mujer y algún paciente y vi que era muy eficaz”. Según él, el buen estado de salud del que gozan los apicultores se debe a las picaduras que reciben.

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La apitoxina, como se denomina el veneno de abeja, es considerada un antiinflamatorio muy potente, pero no sólo eso: “También mejora la fluidez de la sangre. En zonas donde hay mucha tensión, la sangre fluida entra mucho mejor, aporta oxígeno y nutrientes y se lleva los elementos de desecho”, explica Pedro. Además, defiende sus beneficios a la hora de tratar enfermedades autoinmunes. “Lo que ocurre es que regula el organismo. Es éste el que cura. Ni las abejas ni yo lo hacemos. Lo que cura es el propio cuerpo, pero hay que equilibrarlo y darle los elementos que necesita para que pueda hacerlo por sí mismo”, argumenta. Entre los problemas que más se tratan en su consulta destacan la artritis, los dolores de espalda, hernias discales y esclerosis múltiple. Pero antes de probar el picotazo de la abeja, es imprescindible hacerse una prueba de alergia.

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En su pequeña consulta de Alcalá de Henares espera Mª Carmen, que viene de Soria. Visitó por primera vez a Pedro por un fuerte dolor en las articulaciones de las manos y tras 10 sesiones siente un gran alivio: “He notado mucha mejoría, antes no podía hacer el movimiento de la articulación del dedo pulgar, era incapaz por el dolor que me daba al manipular alguna cosa, y me ha desaparecido completamente”.

El intenso zumbido de las abejas nos acompaña durante toda la sesión. Están divididas en tres cajas y llega la hora de aportar su granito de arena. Pedro saca ágilmente una abeja de una de las cajas con sus pinzas. “Tienen una forma redonda para cogerlas y que no se hagan daño, y que se puedan mover”, explica. El primer picotazo es en la espalda, pero no será Pedro quien escoja el sitio exacto: “Yo le pongo la rejilla en uno de los puntos de acupuntura y ella va a elegir”. Dicho y hecho. Con un movimiento de las patas y del aguijón, la abeja se coloca para clavarlo. “Cuando pasa por el punto exacto recibe como una descarga y pica”. Gracias a la rejilla, la abeja no pierde el aguijón y no muere, pero una vez ha picado, va a la caja de las “jubiladas”, como las llama Pedro, para no emplearla con otro paciente.

Mª Carmen recibe seis pinchazos repartidos entre la espalda, la clavícula y las manos. Tal y como ha podido comprobar el equipo de ZEN, la picadura duele sólo un poco más que el pinchazo de una aguja al sacarnos sangre, pero no desaparece de forma inmediata. El dolor se agudiza dependiendo de la zona de la punzada, pero es importante evitar rascarse la zona: “La abeja produce una fluidificación de la sangre.

Todas las toxinas las saca a través de la piel, por eso pica. Si pones arcilla, se alivia antes”, sostiene Pedro. El número de picotazos depende de cada persona: “Con esclerosis o fibromialgia he llegado a poner 20, pero son casos puntuales que necesitan un desbloqueo”, lo normal son entre cinco y siete. “En acupuntura se ponen más porque es mucho más light, aquí estás movilizando energía, metiendo un veneno, y eso es una bomba”.

Al igual que varía la cantidad de picotazos, también lo hace el número de sesiones: “Suele ser una vez a la semana porque es el ciclo natural para que el organismo trabaje durante los siete días con el resto de productos de la colmena”.

  No hace falta tener dolencias para acudir a una sesión de apiterapia. Cada vez son más los deportistas que prueban para reforzar su estado físico y poder rendir mejor, algo que Pedro justifica: “Tu circulación va a mejorar, tu sistema inmunológico también, y si tienes alguna inflamación la va a reducir. Si encima tomas miel, polen, y demás productos de las abejas, tu estado de salud lo va a notar”. Fuente: Lorena Gamarra, para EL MUNDO DOMINGO 8 DE NOVIEMBRE DE 2015. Revista ZEN
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